PRECIOS
Dos preguntas deciden si un acuerdo es justo en algún sentido útil: quién pactó la cifra y cuánto tardó en llegar el dinero.
Casi toda la discusión sobre justicia en este sector va en realidad de tiempos. Un precio que parece razonable sobre el papel no lo es si se anunció en el momento de la venta, cuando la cosecha ya está recogida y el vendedor no tiene otro comprador a mano.
Pactamos precios con los grupos antes de que empiece la temporada. Eso les da la información cuando todavía pueden actuar en consecuencia, y a nosotros una base de coste desde la que cotizar con confianza. Ambas partes asumen algo de riesgo si el mercado se mueve: esa es la versión honesta del acuerdo. A quién compramos.
El pago se hace en efectivo en el punto de recolección, el día de la compra. Los plazos a treinta días son normales en materias primas y no le sirven de nada a un hogar que recogió la semana pasada. Pagar al momento nos cuesta circulante, y es lo que más mencionan las recolectoras. Cómo funciona la compra.
Para que un grupo pueda juzgar si recoger merece la pena cuando aún puede decidir otra cosa.
En el punto de recolección, sin plazos, y no al entregar en un almacén dos semanas después.
El dinero que llega a un grupo organizado se reparte delante de sus miembros. Un pago a un intermediario no lo ve nadie.
Los precios se mueven con el mercado, pero el acuerdo no cambia de un año a otro. La previsibilidad es casi todo lo que lo hace útil.
Si un lote decepciona en calidad lo planteamos antes de comprar, no reduciendo después un pago ya pactado.
Cuando el precio de mercado hace inviable un volumen para nosotros, lo decimos en vez de comprar menos en silencio y dejar al grupo con existencias.
Si nos compra y necesita detalle sobre el origen de un lote, pregunte. Preferimos responder a que se nos crea por confianza.